¿Qué
hay de cierto en el estereotipo que afirma que detrás de toda actriz –o actor–
pornográfico hay un largo historial de traumas infantiles, vida disoluta y, en algunos casos,
abusos sexuales? Linda Lovelace vio cómo su madre le obligaba a
dar en adopción a su hijo, al que no volvería a ver jamás, y se dedicó a la
prostitución antes de protagonizar Garganta profunda (Deep
Throat, Gerard
Damiano), una
historia que se ha enarbolado para defender que la pornografía es un submundo
para inadaptados.
No
obstante, cada vez más actrices reivindican su derecho a haber elegido su carrera
profesional sin que ello las convierta en unas fáciles o unas perturbadas.
Recientemente contábamos la historia de Asa Akira,
que se enorgullecía de haberse convertido en una estrella del porno. No es la
única, y ahí están otros casos como el de Sasha Grey o Belle
Knox para
recordarlo.
La tesis de los ‘juguetes
rotos’ no parece corresponderse con la realidad
La
sociología se ha preguntado recientemente por las razones que realmente
conducen a una mujer a convertirse en actriz porno. Es la respuesta a la que
intentó responder un estudio llamado
«Why Become a Pornography Actress?» y publicado en el International
Journal of Sexual Health.
En él, se preguntó a 176 actrices por su motivación para trabajar
en la industria, sus preferencias y los puntos más negativos de su trabajo.
Como
cabía esperar, el dinero ocupaba la primera posición, y no porque sean unas materialistas,
sino porque suele ser la principal razón por la que todos los trabajadores
–pornográficos o no– se desplazan a su puesto de trabajo cada mañana. Le seguía
el sexo, una actividad percibida como positiva y placentera por dichas
intérpretes. A continuación presentamos la lista entera.
La
encuesta no sólo se centraba en las razones para tomar la decisión, sino que
también se pedía una valoración de los aspectos positivos y negativos de su
trabajo. Entre los primeros se encontraban el dinero, la gente y, una vez más,
el sexo. Entre los segundos se hallaban la gente (repitiendo), las
enfermedades de transmisión sexual y la explotación.
Otro
estudio realizado por el mismo grupo de investigadores, que cuenta con James
D. Griffith, Sharon
Mitchell, Christian
L. Hart, Lea
T. Adams y Lucy
L. Gu entre
sus filas, señaló que la tesis de los “juguetes rotos” (es decir, que estas
decisiones personales son el producto de una vida truncada) está muy
desencaminada. “Los estereotipos han sido usados para apoyar o condenar la
industria y para justificar visiones políticas sobre la
pornografía,
aunque las cualidades individuales de las actrices son desconocidas porque no
hay ningún estudio”, explicaban.
“Algunas descripciones de las
actrices pornográficas han incluido atributos como
la drogadicción, el desamparo, la pobreza, la desesperación y ser víctimas de
los abusos sexuales”. Sin embargo, los resultados mostraron algo muy diferente:
las actrices no sólo no encajaban en dicho perfil en la mayor parte de los
casos, sino que, por lo general, podían presumir de tener mayores niveles de
autoestima, de espiritualidad, de satisfacción sexual, de apoyo social y de
positividad que el grupo de mujeres con otras dedicaciones que habían
consultado.
No
todo eran buenas noticias, claro está. Estas actrices tenían más probabilidades
de haber sufrido abusos durante su infancia, así como de haber
probado hasta 10 variedades de drogas a lo largo de su vida. El trabajo tiene sus
exigencias y sus problemas, por lo que alrededor del 40% de ellas estaba
soltera, aunque más de un tercio mantenían una relación estable de pareja.
¿A
qué perfil respondían estas actrices? El estudio listaba una serie de
características más o menos compartidas: se
identifican como bisexuales;
tuvieron su primera experiencia sexual a una edad muy temprana; habían tenido
un mayor número de parejas sexuales que la media; y manifestaban una mayor
preocupación por las enfermedades de transmisión sexual y un mayor disfrute de
la experiencia sexual.
Ellos también quieren
¿Qué
ocurre con los hombres? Su imagen dentro de la industria es mucho más
positiva, y
encaja con cierto estereotipo machista que sugiere que una actriz porno es una
pobre descarriada y, el hombre, un triunfador. Ello se refleja en algunas de
las respuestas que se recogen en otra investigación realizada, cómo no, por el
mismo grupo de investigadores y denominada«Pornography Actors: a
Qualitative Analysis of Motivations and Dislikes», publicado en
el North American Journal of Psychology. Muchos
actores porno reconocen haberse decantado por dicha profesión como una
alternativa al desempleo.
Las
respuestas proporcionadas por los hombres no
eran tan diferentes de las de las mujeres. En lo alto de la lista de sus
motivaciones figuraba, de igual manera, el dinero y el sexo. Como explicaban
los autores, “dos categorías lógicas porque la gente trabaja para que les
paguen y muchos hombres ven atractiva una profesión que consiste en tener sexo
con mujeres”.
Más
llamativas eran las razones que les seguían: el networking, es decir, la
posibilidad de conocer gente (“cuando
los conocí se mostraron tan amistosos que me di cuenta de que me aceptaban como
era”); la curiosidad (muchos accedieron a la industria tras recibir una
propuesta de un productor); e, incluso, una interesante oportunidad laboral en
un panorama de desempleo.
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